El frutero que decidió inmolarse hace un año fue quien dio pie a la revolución árabe

19/Dic/2011

El Observador, Fernanda Muslera

El frutero que decidió inmolarse hace un año fue quien dio pie a la revolución árabe

17-12-2011 Túnez. Mohamed Bouazizi se suicidó incendiándose a lo bonzo y terminó provocando la huida de Ben Alí
FERNANDA MUSLERA
La noche anterior a que su cuerpo ardiera frente al edificio de la intendencia de Sidi Bouzid, en Túnez, Mohamed Bouazizi se endeudó con el fin de comprar mercadería para su puesto de fruta y verdura ambulante, su única fuente de ingresos. No era mucho lo que ganaba por día, apenas unos 5 dólares, pero con ello mantenía a su madre, su tío y sus cinco hermanos, y pagaba la universidad de una de sus hermanas.
Aunque de él se dijo que era un ingeniero desempleado, lo cierto es que a Bouazizi no le quedó más opción que dejar de estudiar a los 18 años y, tras ser rechazado en el Ejército y en otros trabajos, comenzó a vender fruta de forma ambulante. Atrás habían quedado sus sueños de acceder a la universidad; al momento de su muerte, a los 26 años, su mayor sueño consistía en comprarse una camioneta para dejar de andar kilómetros empujando el carro.
Veintiséis parece no ser un número al azar en el mundo árabe. Según una encuesta del New York Times, 26 años es la edad promedio de la población en estos países. El 60% contaba con menos de 30 años cuando Bouazizi encendió la mecha de su destino: pueblos que a la sazón de la televisión e internet soñaban con una sociedad distinta mientras que en sus países predominaban la pobreza, la corrupción, la falta de oportunidades y de libertad.
Indignación inflamable
En la mañana del 17 de diciembre de 2010, dos policías se presentaron en el puesto de Bouazizi y comenzaron a acosarlo porque no contaba con el permiso requerido. Según la versión extendida en los medios, los uniformados lo insultaron y una mujer policía le pegó una bofetada, humillándolo.
Amigos y familiares de Bouazizi sostienen que era moneda corriente que tuviera que pagar coimas a las autoridades. Pero Fedia Hamdi -la policía que habría dado la cachetada que encendió la indignación de Bouazizi y que fue encarcelada durante cuatro meses por este incidente- niega este hecho así como haber propinado el golpe. Reconoce, sin embargo, haberle confiscado algo de mercadería al inesperado mártir de la revolución tunecina.
Sea cual fuere la realidad de esa mañana, lo cierto es que Bouazizi se dirigió indignado a protestar a la intendencia, donde trató de hablar con las autoridades. Nadie quiso escucharlo. Fue entonces que, frente al edificio público, el desesperado vendedor se roció con disolvente de pintura y se prendió fuego.
El fuego no tardó en propagarse a cientos de jóvenes tunecinos hartos del desempleo -13% al momento de la inmolación del vendedor, pero el doble para los jóvenes, e incluso mayor para los graduados universitarios- y cansados del empeoramiento de la situación económica, el alza del precio de los alimentos, la corrupción y las más de dos décadas de represión y falta de libertad bajo el régimen de El Abidine Ben Ali.
La llama se extiende
Aun con el 90% de su cuerpo quemado, Bouazizi logró sobrevivir 18 días más, pero falleció el 4 de enero de 2011. Al entender el protagonismo que el vendedor de frutas había adquirido, Ben Ali lo visitó en el hospital poco antes de la muerte del convalesciente. Lo que seguramente no esperaba el depuesto presidente, es que 10 días después del deceso, tuviera que huir del país rumbo a Arabia Saudita para apaciguar a un pueblo sublevado. Al momento de su destierro, al menos unas 80 personas habían perecido en las protestas.
La muerte de Bouazizi, y la posterior ola de protesta tunecina, considerada la primera revolución democrática del mundo árabe desde que estos países accedieron a la independencia, se propagó rápidamente a otras naciones árabes portadoras de un cóctel de descontento similar. Y así, de forma inesperada, Túnez, el Estado más europeo del norte de África, dio el puntapié que inició el dominó que devino en llamarse «primavera árabe».
Las protestas en Egipto terminaron en febrero con la caída de Mubarak y se expandieron a Libia, donde hubo masivas deserciones del Ejército y miles de personas se levantaron contra el régimen represivo de Gadafi. La guerra civil dejó un saldo de al menos 10 mil a 15 mil muertos (según datos de la ONU de febrero a junio de 2011) y el deceso del dictador libio, asesinado en Sirte el 20 de octubre.
Las protestas también se extendieron a Yemen, cuyo presidente Saleh firmó un acuerdo en noviembre para dejar el poder este mes a cambio de ciertos privilegios e inmunidad de ser juzgado. La ola de descontento también llegó a Bahréin y Siria, donde cada día que pasa la situación se hace más insostenible debido a la represión de Bashar al-Assad. De acuerdo a datos de la ONU, unas 5.000 personas murieron desde que comenzaron las protestas en marzo.
Persona del año
Veintiséis años tenía Mohamed Bouazizi cuando decidió prenderse fuego a lo bonzo como forma de protesta, como antes lo hizo un monje vietnamita en 1963 para protestar por las persecuciones que sufrían los budistas bajo el gobierno de Ngo Dinh Diem, como después lo hicieran decenas de personas a lo largo del mundo árabe.
El año pasado, cuando aún contaba con 26 años, Mark Zuckerberg fue catalogado por la revista Time como «la persona del año» por haber «cambiado la sociedad» con la creación de Facebook. Este año, la publicación norteamericana ha elegido a «El manifestante», aquel que protestó en la primavera árabe y derrocó gobiernos dictatoriales, aquel que llenó plazas de todo el mundo luchando contra la crisis económica y el desempleo. Pero si hay alguien detrás de ese rostro anónimo que encendió la mecha del descontento de la juventud de todo el mundo, ese es Mohamed Bouazizi y su desesperada forma de decir basta.